Carnicería Emilio
Emilio, una carnicería de toda la vida
Hay comercios que parece que llevan toda la vida con sus puertas abiertas y hay comercios que de verdad llevan toda la vida con la persiana subida. Este último es el caso de la Carnicería Emilio (Calle Padre Sigüenza, 10) que abrió hace ya 47 años, camino de los 48, y siempre en su pequeño local actual, una antigua casa de pueblo, remozada y que mantiene el sabor del comercio tradicional. Con todas las letras.
Emilio Soto Fernández nació en tierras gallegas, en Ribadavia, un espacio geográfico al que siempre le gusta volver, donde guarda parte de su vida.
A sus 71 años, echa la vista atrás y recuerda el momento en el que recibió la llamada de sus tíos, Ángel y Paca, para que viniera a El Escorial a trabajar de carnicero. Sus tíos llamaron a sus sobrinos para venir a trabajar al pueblo. Eran los años sesenta y el pueblo empezaba a crecer poco a poco.
“Mis tíos reclamaron a mi hermano para que se viniera para aquí, luego vino mi hermano Julio. Yo empecé con mi tío. Me fui a la Mili y estuve en El Aaiun, en el Sahara, cuando la Marcha Verde. Mi tío me escribió una carta para decirme que había una carnicería que estaba cerrada y si quería venir aquí”.
Así fue el comienzo de todo. Una llamada, una carta y unos tíos que miran por el futuro de sus sobrinos. La vida da giros y la de Emilio tornó de Ribadavia, entre Ourense y Lugo a El Escorial, en las faldas de la Sierra de Guadarrama.
Trabajó siendo apenas un adolescente en su pueblo gallego, pero ya son 53 de sus 71 años los que lleva en el oficio de carnicero y 47 de ellos como dueño de su carnicería.
Asegura que, a pesar del paso del tiempo, “las ganas de trabajar se mantienen” aunque ahora ha aquilatado los horarios de la carnicería y solamente abre por las mañanas. Una pequeña licencia tras más de medio siglo al pie del cañón.
Cuando abrió su negocio, su local estaba en las afueras del pueblo. El extrarradio que se decía entonces. Emilio echa la vista atrás y recuerda que desde la ventana de su establecimiento no veía la calle Madrid porque “no existía”. “Donde está la calle ahora había una montaña de piedra y en el edificio que veo a mi izquierda, había una vaquería desde la que todas las mañanas se soltaban las vacas, que bajaban solas hasta donde está El Ensache y que era la dehesa. No estaban asfaltadas las calles. Sin embargo, un señor mayor me dijo, tú no te preocupes que esto va a ser el mejor sitio del pueblo” rememora.
“Fueron inicios muy duros. Me acuerdo de la primera clienta que entró a comprar y que sigue viniendo. Me compró un kilo de filetes. Poco a poco fui tirando para arriba. Aguantar más de 50 años es importante” añade antes de reconocer que ser carnicero es “un oficio muy difícil, aunque en todos estos años, ha cambiado mucho. Yo conozco el oficio en todas sus facetas. Es duro y complicado cuando empiezas desde abajo. Los mataderos de antes no son como los de ahora”
Los tiempos han cambiado, se han dado la vuelta como si fueran un calcetín, pero la esencia del negocio, del oficio sigue siendo la misma: buen servicio, trato personalizado con los clientes y tener siempre buen género y apostar por la clientela del barrio, la que baja todos los días a la carnicería a comprar unos filetes, un entrecot, unas chuletas, torreznos…
Emilio trabaja desde hace muchos años con un ganadero que le trae la carne desde Segovia todas las semanas. La relación entre el ganadero y el carnicero es clave. Se genera una confianza que es la base para tener siempre un producto de máxima calidad.
Sobre el futuro de la carnicería como negocio, Emilio no es optimista. Echa la vista atrás y reconoce que “antes se vendían cuatro o cinco terneras y ahora vendo media cada diez días. Vendíamos mucho más”.
La causa del cambio reflexiona, hay que buscarla “en el cambio de los hábitos de consumo. Están las grandes superficies, el carrito…el comercio tradicional está cayendo. Los pequeños estamos en peligro de extinción” y va más allá al asegurar que “yo no tengo relevo, no hay nadie de mi entorno que quiera seguir. Me da pena”
Con mucho camino recorrido, rumbo al medio siglo con las puertas abiertas, Emilio, recuerda con nostalgia que sus mejores años fueron los primeros, los más duros, pero “era joven y estaba todo por hacer. Lo veía todo de otra manera. No tenía ni vacaciones. Me daba miedo cerrar y que no viniera la gente. Me cogí vacaciones por primera vez cuando llevaba quince años trabajando. Vendía bastante en esos años”
Emilio habla con la autoridad que dan los años, las décadas detrás de un mostrador. Es su fuerza. La fuerza de la experiencia y la razón de que, después de tantos y tantos años tenga claro lo que es lo mejor de su negocio: “Siempre las clientas. Tengo mucho que agradecer a la gente. Me han ayudado mucho durante todos estos años”. Palabra de veterano.