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Mercería Campos

Mercería Campos, el negocio de toda la vida

Si hay un comercio en El Escorial que merezca el nombre de ‘histórico’ ese es la Mercería que abrieron en la década de los años 60 Concepción y Francisco, padres de Conchi Campos.

Conchi y Ana regentan un negocio tradicional y que destila el aroma de aquellas mercerías de toda la vida en las que podías encontrar de todo desde que, en el año 89, el padre de Conchi decidiese dar un paso atrás en un negocio que no empezó en su ubicación actual, sino en la calle del Santísimo Sacramento.

La Mercería Campos, que así se llama este establecimiento, es el feudo de Conchi y de su cuñada Ana María Serrano. Son el alma de una forma de entender el comercio local que poco a poco va desapareciendo. Se han ido adaptando a los nuevos tiempos con el paso de los años.

En la Mercería Campos se pueden encontrar desde hilos para coser, a telas pasando por ropa de todo tipo e incluso juguetes, una línea que poco a poco están cerrando, aunque ha tenido sus épocas. De su carácter casi de bazar son los tiempos en los que llegaron a vender productos de papelería o bombones. ‘Vendíamos de todo. Tocábamos todos los palos” recuerda Conchi.

Conchi ha pasado toda su vida detrás del mostrador de la mercería que fuera de sus padres. Echa la vista atrás para recordar como apenas con dos años “ya trasteaba por la tienda y hablaba con las clientas”. De aquellos años en los que Conchi, siendo una niña, aprendía y aprendía de su madre, recuerda con añoranza cómo funcionábamos como una “tienda de barrio en la que teníamos de todo lo que necesitaban los vecinos. Éramos mercería, pero también una perfumería, zapatería…teníamos muchas cosas para las mujeres, para los hombres había algo menos”.  “Éramos, apunta Conchi, una especie de psicólogos del vecindario. En aquellos años hablábamos mucho y ayudabas en lo que podías. Eso se ha perdido un poco en los últimos tiempos”.

El ritmo de la vida, mucho más rápido en la actualidad, no perdona y erosiona las viejas formas de trabajar donde la cercanía y el boca a boca eran una de las claves. Eran también tiempos de estrecheces económicas, “donde mucha gente compraba a plazos, en la que los clientes te pagaban semanal o mensualmente lo que iban pudiendo. Muchas veces, se sobrevivía”, recuerda Conchi.

 

Han pasado los años y las décadas y la Mercería Conchi sigue manteniendo ese compromiso de ser una tienda útil para los vecinos. Ha mantenido una clientela fiel y un estilo de trabajar muy personal y cercano.

En la Mercería se sigue pudiendo encontrar de todo y en ese espacio global también hay sitio para la ropa, que “como en todos los comercios, asegura Conchi, depende de la temporada en la que estemos. En el invierno se vende mucho más si hace frío porque si no, la gente va tirando con la ropa de verano y entretiempo”.

La clientela sigue siendo mayoritariamente femenina, pero “cada vez vienen más hombres y la mayoría son muy entendidos” explica, que añade que “por la mercería siguen viniendo clientas de toda la vida que ahora son ya abuelas y vienen sus hijas y vienen también sus nietas, que ya son mayores y eso es un orgullo

Esa línea temporal continúa entre generaciones se nota en la forma de hacer y sentir de la Mercería Campos, donde aún se reserva un gran espacio para hilos, botones y agujas, la razón de ser de las mecerías de toda la vida y que exige una inversión muy fuerte para disponer de todo el género que puede hacer falta.

En la era de las grandes superficies comerciales y de la ropa casi de usar y tirar, Conchi señala que “la gente sigue cosiendo. Se te cae un botón, o se rompe un bajo, hay que coserlos. Los niños en el colegio, los babis que vienen sin bajos y botones todos los días. Y las rodilleras y todo eso. Se sigue cosiendo mucho.”

Sobre el futuro, Conchi no se hace muchas ilusiones. A su hija y su nuera les gusta la Mercería, pero no las termina de ver trabajando de continuo y ella y Ana se reparten el tiempo al frente del establecimiento por semanas: una semana viene una y a la semana la otra, una forma de gestionar el negocio muy cómoda pero que Conchi reconoce la llena de ‘morriña’ ya que “la semana que no me toca venir, estoy deseando pasarme un rato por la tienda. Me acerco por cualquier tontería porque echo de menos esto. He hecho muchas amistades a lo largo de los años. Es toda una vida”.

Y esa es la clave de todo: la pasión por un negocio que se ha convertido en una forma de vida entre hilos, botones, telas y también perfumes, zapatos, camisas, ropa, juguetes…lo que es un comercio de toda la vida donde siempre encuentras de todo.